Ana Liz Rocío Villalba, una madre de 36 años, creyó en el amor y en las segundas oportunidades. Conoció a Blas Serafini, 13 años menor, mientras él estaba en prisión. Lo apoyó, lo esperó… y cuando salió, lo recibió en su casa en Capiatá, Paraguay, con amor, con fe… y con las puertas abiertas.
Pero esa historia, que parecía de redención, terminó en tragedia. En julio, Blas le arrebató la vida a Ana, a su hija mayor de apenas 12 años y a su madre de 80. Tres generaciones fueron apagadas en una sola noche.
Las otras dos niñas sobrevivieron… solo porque no estaban en casa.
“Siempre me pregunté por qué traía a un desconocido a una casa llena de mujeres”, dijo entre lágrimas una familiar.
Y esa pregunta queda en el aire… cargada de dolor.
Porque amar nunca debería costarte la vida.




